La gran bifurcación
Dos caminos se abrían en un bosque... Una reflexión sobre el lugar que ocupa la tecnología y las redes sociales en nuestras vidas

Estamos llegando a una bifurcación y, como en el poema de Frost, dos caminos se abrirán ante nosotros.
El primero, más amplio pero más oscuro, continuará el camino al precipicio que llevamos una década transitando. La senda del scroll infinito, el consumo de contenido inconsciente y la sobreestimulación constante.
Empezamos ilusionados por la novedad y la promesa de una mayor conexión social. Coleccionábamos amigos en Facebook y olvidábamos a aquellos pocos a quienes llamaríamos si tuviésemos un problema. Cenábamos con el móvil en la mesa, incapaces de mantener una conversación mientras reclamaban nuestra atención en realidades paralelas. «¡Dinnnnng! ¡Dinnnnng!». Teníamos que saber qué decía ese mensaje. Podía ser importante. Nunca lo era.
Luego las redes sociales pasaron a convertirse en plataformas de contenido. Envidiábamos vidas ajenas, discutíamos con cuentas anónimas y veíamos vídeos de recetas que sabíamos que nunca intentaríamos hacer.
Ya no hay novedad, ya no hay engaño. El modelo de negocio es claro. La economía de la atención —de tú atención— es rentable y las empresas tecnológicas seguirán invirtiendo millones para que las mentes más brillantes del planeta diseñen sistemas con los que mantenerte enganchado a la pantalla y, así, seguir bombardeándote con publicidad hipersegmentada.
En este camino la gente cada vez está más conectada pero más sola. Cada vez está más estimulada pero siente menos. Cada vez tiene más acceso a información pero está más desinformada. Cada vez es más alta pero con la cabeza más gacha.
Ya es tarde. Y en unos años estaremos sentados en el sofá con las gafas de Apple, amueblando áticos virtuales pagados con bitcoin y dejando que la IA nos alimente de contenido basura concebido y curado a nuestra medida.
¿Ya es tarde? Quizás no. Se oyen rumores. La gente está cansada. Está despertando. Se empieza a preguntar, gradualmente, cómo hemos podido llegar a este punto. Cómo hemos prostituido nuestra privacidad a cambio de, ¿qué? ¿Ego? ¿Dopamina? ¿Dónde está el tiempo robado? La gente está abriendo los ojos. Está decidida a tomar de nuevo el control sobre la tecnología. Decidida a desconectar y vivir más offline.
Decidida a elegir el segundo camino. El más estrecho. El menos transitado.
La gente empieza a entender que no hay resolución de pantalla capaz de reproducir una puesta de sol en vivo. Que la aprobación que necesitas es la tuya propia. Que un viaje se vive más intensamente cuando lo compartes con quien está a tu lado y no con la gente que lo verá después filtrado y en fragmentos cuidadosamente seleccionados para aumentar tu valor social. Que eres bello sin filtros. Que eres bella sin filtros. Que recordarás con más lucidez ese café con un amigo que una hora de podcast sobre crecimiento personal. Que mil palabras noveladas valen más que una imagen digital. Que no hay likes que llenen un abrazo.
Ojalá seamos capaces de tomar el segundo camino y recuperar el control. Volver a delegar el smartphone al lugar que le corresponde: una herramienta para mejorar nuestra vida, no para absorberla.
Por Bosco Soler
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