El árbol que quería dar fruto
Compartimos esta narración breve y simbólica, que nos deja una enseñanza moral. Buen fin de semana!
En el patio de una escuela había dos árboles plantados el mismo día.
Uno crecía rápido. Sus ramas se estiraban hacia todos lados, sus hojas brillaban al sol y todos los que pasaban lo miraban con admiración.
—Qué árbol fuerte —decían—. Seguro será el primero en dar fruto.
El otro árbol, en cambio, parecía más lento. No llamaba demasiado la atención. Mientras el primero levantaba ramas, él parecía concentrado en otra cosa: hundía sus raíces en silencio.
Un día, el árbol más alto le dijo:
—No entiendo por qué perdés tanto tiempo hacia abajo. Mirá mis ramas, mirá mis hojas. Yo estoy creciendo hacia donde todos pueden verme.
El otro árbol respondió:
—Yo también estoy creciendo. Solo que estoy buscando profundidad antes de buscar altura.
Pasaron las estaciones. Llegaron días de sol, lluvias suaves y vientos favorables. El árbol más alto siguió creciendo rápido. Se sentía seguro. Tal vez demasiado seguro.
—No necesito más que mi fuerza —decía—. Ya soy grande.
Pero una noche llegó una tormenta. El viento sopló con fuerza, la tierra se empapó y las ramas comenzaron a sacudirse. El árbol alto resistió al principio, pero sus raíces eran superficiales. Había crecido mucho hacia afuera y poco hacia adentro.
Con el primer gran vendaval, se inclinó peligrosamente.
El árbol de crecimiento lento también fue golpeado por la tormenta. Sus ramas se movieron, algunas hojas cayeron, pero permaneció firme. No porque fuera más grande, sino porque estaba mejor afirmado.
A la mañana siguiente, el jardinero recorrió el patio. Vio al árbol alto quebrado y al otro árbol en pie.
Entonces dijo:
—Las ramas muestran lo que un árbol parece ser. Pero las raíces revelan lo que realmente es.
Con el tiempo, el árbol de raíces profundas comenzó a dar fruto. No fue el primero en llamar la atención, pero fue el que pudo sostener lo que producía.
Y quienes pasaban por allí aprendieron una lección sencilla:
La verdadera seguridad no nace de la arrogancia de sentirse por encima de todo, sino de la humildad de estar bien arraigado en principios.
Porque quien se conoce, aprende del pasado.
Quien tiene raíces, mira el futuro con esperanza.
Y quien actúa desde valores firmes, puede moverse en el presente con seguridad, pero sin soberbia.
Las raíces no se ven, pero sostienen todo lo que algún día dará fruto.
Moraleja
Las empresas que solo buscan crecer hacia afuera pueden impresionar por un tiempo; pero las que fortalecen sus raíces —principios, cultura y aprendizaje— son las que logran dar fruto y perdurar.
El equipo de Q-Management.





















Comentarios