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CELEBRACIÓN

Solemnidad de la Asunción de María

Hoy la Iglesia Católica celebra la solemnidad de la Asunción de María. Aquí una reseña que nos hace llegar Angélica Diez, Misionera de la Inmaculada Padre Kolbe.

 El lunes, 15 de agosto de 2022, rezando el Ángelus en la Plaza San Pedro decía el Papa Francisco: “Hermanos y hermanas, hoy María canta la esperanza y reaviva en nosotros la esperanza. Sí, María canta la esperanza y reaviva en nosotros la esperanza: en ella vemos la meta del camino.

Ella es la primera creatura que, con todo su ser, en cuerpo y alma, atraviesa victoriosa la meta del Cielo. Ella nos muestra que el Cielo está al alcance de la mano. ¿Cómo es esto? Sí, el cielo está al alcance de la mano si tampoco nosotros cedemos al pecado, alabamos a Dios con humildad y servimos a los demás con generosidad. No hay que ceder al pecado. Pero alguno podría decir: “Pero, padre, yo soy débil”, “Pero el Señor siempre está cerca de ti, porque es misericordioso”. No te olvides de cuál es el estilo de Dios: cercanía, compasión y ternura. Siempre cercano a nosotros con su estilo. Nuestra Madre, nos lleva de la mano, nos acompaña a la gloria, nos invita a alegrarnos pensando en el paraíso. Bendigamos a María con nuestra oración y pidámosle una mirada, capaz de vislumbrar el Cielo en la tierra”.

La bula papal sobre la Asunción de María es la Constitución Apostólica Munificentissimus Deus, promulgada por el Papa Pío XII el 1 de noviembre de 1950. Este documento define como dogma de fe que la Virgen María, al final de su vida terrenal, fue elevada en cuerpo y alma a la gloria celestial. “Misterio de amor es éste. La razón humana no alcanza a comprender. Sólo la fe acierta a ilustrar cómo una criatura haya sido elevada a dignidad tan grande, hasta ser el centro amoroso en el que convergen las complacencias de la Trinidad. Sabemos que es un divino secreto. Pero, tratándose de Nuestra Madre, nos sentimos inclinados a entender más -si es posible hablar así- que en otras verdades de fe”. (Homilía de San Josemaría Escrivá de Balaguer).

Los padres conciliares quisieron reafirmar que María, a diferencia de los demás cristianos que mueren en gracia de Dios, fue elevada a la gloria del Paraíso también con su cuerpo. Se trata de una creencia milenaria, expresada también en una larga tradición iconográfica, que representa a María cuando «entra» con su cuerpo en el cielo.

En el Catecismo, los párrafos 974 y 975 aportan luz a lo que creemos por fe: (974) La Santísima Virgen María, cumplido el curso de su vida terrena, fue llevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo, en donde ella participa ya en la gloria de la resurrección de su Hijo, anticipando la resurrección de todos los miembros de su cuerpo.(975) Asimismo, en la Solemne Profesión de fe pronunciada por el Papa San Pablo VI el 30 de junio de 1968 al concluir el Año de la fe proclamado con motivo del XIX centenario del martirio de los apóstoles Pedro y Pablo denominada “Credo del Pueblo de Dios”, afirma: "Creemos que la Santísima Madre de Dios, nueva Eva, Madre de la Iglesia, continúa en el cielo ejercitando su oficio materno con respecto a los miembros de Cristo”.

El Papa Pablo VI (02/02/1974), en su exhortación Apostólica Marialis Cultus decía: “La solemnidad del 15 de agosto celebra la gloriosa Asunción de María al cielo: fiesta de su destino de plenitud y de bienaventuranza, de la glorificación de su alma inmaculada y de su cuerpo virginal, de su perfecta configuración con Cristo resucitado; una fiesta que propone a la Iglesia y a la humanidad la imagen y la consoladora prenda del cumplimiento de la esperanza final; pues dicha glorificación plena es el destino de aquellos que Cristo ha hechos hermanos teniendo "en común con ellos la carne y la sangre" (Hb 2, 14; cf. Gal 4, 4). La solemnidad de la Asunción se prolonga jubilosamente en la celebración de la fiesta de la Realeza de María, que tiene lugar una semana después y en la que se contempla a Aquella que, sentada junto al Rey de los siglos, resplandece como Reina e intercede como Madre (18).

Que María reavive en nosotros la esperanza de alcanzar con Ella el cielo prometido.

Abel Galzerano, consagrado y catequista de Banfield

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